Tu hijo es insensible porque es altamente sensible

Después de una conferencia, una mamá se me acercó para hablar de su hijo adolescente. Según ella, era justamente lo contrario a «altamente sensible»… Me interesó lo que me contaba, pues la educación sensible tiene como misión ayudar también a las personas poco sensibles. Sin embargo, según me iba hablando, caí en la cuenta de que este adolescente no podía ser «poco sensible»…

El chico tenía 15 años, se mostraba totalmente insensible a los demás. Según la madre: «De pequeño era muy tímido pero los amigos le querían mucho» […] «tenía mucha imaginación y se lo pasaban bien con él» pero que «siempre ha sido un poco caótico y con mal genio». A los 5 años vivió la separación de sus padres, pero según la madre, «ya lo tiene perfectamente superado» (¿seguro?).

No es insensible; lo que tiene es «alergia mental»

Mi opinión en este caso, es que el chico es altamente sensible y su actual estado de insensibilidad es como una «alergia mental»; como un mecanismo de defensa aprendido para sobrevivir en un mundo que le abruma con estímulos que le resultan difíciles de gestionar.

Cuando uno es sensible, a veces entra mucha información, propia y ajena, con mucha intensidad, y entonces la persona puede bloquear su sensibilidad.

Un padre muy ocupado, sin querer puede dañar la sensibilidad de su hijo, al quitárselo de encima cuando el niño quería jugar. Para el niño altamente sensible puede ser como «una bofetada sin manos».

El niño sin querer, aprende que mejor guardarse sus sentimientos y sus deseos: más vale dejar de disfrutar de la expresión emocional, que sufrir con el rechazo.

Si el niño aprende por acierto y error, sin acompañamiento, es probable que haga malas interpretaciones de lo que capta. Sus padres están incómodos en casa, no se tratan bien, los ve estresados, preocupados, alterados, tristes, frustrados, ofendidos…

Todo eso lo vive con espíritu de causante, y encima, cualquier intento por reparar lo que él no ha roto es rechazado, o al menos así lo vive el niño: «¡cállate, vete, tu no tienes nada que ver!», o, «cariño esto no es culpa tuya, son cosas que nos pasa a los mayores».

Pero ese mensaje viene acompañado por una gran inestabilidad emocional que el niño capta por su sensibilidad, y no le cuadra el tono de serenidad verbal y la contención no verbal, esto le genera desconcierto.

Si además, el niño tiene algún hermano que se altera y lo paga con él, el niño puede aprender que la manera de evitar problemas es contentar a todos, pero los demás, hagas lo que hagas, no se contentan…

Así, el niño se vuelve insensible ante los demás, pues de sentir, se siente culpable y haga lo que haga no puede arreglar el descontento de los demás. Es como el organismo que se desmaya ante un dolor muy intenso y deja de sentir. Entonces, su manera de comportarse se hace molesta, hace comentarios impertinentes, groseros o hiriente, y eso lleva a que los demás le ataquen.

La persona altamente sensible atacada, se cierra aún más y se retira a su mundo de imaginación, que tanto le satisface y con el que nunca se aburre. Pero a veces, recapacita y piensa: «por qué todos la tienen tomada conmigo» pero no se da cuenta, porque su alergia mental no le deja comprender: viven en estado de «asma relacional» y se asfixia al estar con otros.

Cuando se pasa la autodefensa, se activa la sensibilidad, y encuentra su propio dolor, sus emociones negativas y sus irritaciones que tenía antes de que se desmayara su empatía. Pero también, su imaginación le permite comprender los ataques de los demás, el daño que él ha causado y se reafirma su baja autoestima.

Esto con los años puede formar una espiral de insensibilización crónica, llegando incluso a somatizarlo en forma de depresión o angustia. Huía de la sensibilidad para no sufrir pero la insensibilidad le termina por hacer sufrir del mismo modo. En este punto, algunos adolescentes no encuentran salida y terminan por quitarse la vida.

Si tu hijo era sensible y ahora parece una máquina que ni siente ni padece y de pronto, estalla en un caos de emociones, no es que tenga «un pavo muy fuerte», sino que, es posible que no esté siendo capaz de afrontar su transición a la vida adulta. «Ya se le pasará»… No, si es este el caso, no se le pasará. Habrá que ayudarle, hasta que caiga en la cuenta y aprenda a autoayudarse.

No solo no se quiere, sino que se tiene miedo a sí mismo

Volvamos al caso inicial, una madre que no sabe ya cómo tratar a un hijo que explota por motivos absurdos y que se muestra tan insensible que ya no sabe qué hacer, ni qué pensar. Es evidente que la madre se siente frustrada, posiblemente se sienta culpable pero no lo admite. El caso es que su hijo la está decepcionando y no confía en él.

Probablemente, el hijo tampoco confiará en sí mismo para mantener tu temperamento, por lo que si lo llega a admitir, se tendrá miedo a sí mismo. No solo no se quiere, sino que se tiene miedo, ¿sabes lo que es eso? ¿sabes lo que es vivir con alguien que abusa de ti, que te daña y eres tú mismo?

En esta situación, no es posible pedir una orden de alejamiento de sí mismo pero muchos jóvenes altamente sensibles huyen por la vía de la protesta social; alejan a su autoacosador haciéndose anarquistas, comunistas, fascistas, ecologistas, feministas o ultracatólicos, lo que tengan a mano que les permita enfrastarse en enfurecidas protestas contra algo que no sea «yo mismo contra mi mecanismo»: el estado, la política, el cambio climático, los derechos de los animales…, y la sensación es que sus intensas emociones están encontrando salida pero dentro de sí, hay un niño herido, muy sensible, que se asfixia con «asma mental».

Llegado a un punto, la persona sufre y hace sufrir a los demás, es posible que incluso acuda a la droga u otras compensaciones, y sus decisiones le hayan ido complicando la vida. Sin embargo, en este caso que describo, el problema no es patológico sino educativo: la persona no tiene una sensibilidad patológica, sino una sensibilidad analfabeta.

La solución podrá venir de un amigo, un entrenador, un profesor o tal vez, alguien que se busque ya por desesperación: un psiquiatra, un psicólogo, un sacerdote, un coach… En el fondo, valdrá cualquier persona que sepa gestionar la alta sensibilidad, quizás porque ella misma es altamente sensible y sabe que está ocurriendo en la vida de este joven.

El problema es que este joven, en este punto, siente que mejor así que como estaba antes. No se imagina lo roto que está, ni lo que hay al otro lado de su protección mental.

En este estado es posible que ni pida ayuda, pero eso, un amigo o alguien que le trate y tenga la suficiente sensibilidad o formación para captarlo, puede ayudarle, poco a poco: mostrándole con hecho que «es maravilloso que existas», que «te aprecio por quien eres, no necesito que me des o que hagas nada» y esto a pesar de las coces que seguro dará, pues si alguien le dice que le quiere, es que le está tratando de engañar o quizás, se tenga miedo a sí mismo y piense que no sabrá gestionar el cariño. Que no está dispuesto a que le vuelvan a romper el corazón.

De la insensibilidad al llanto

Superada esa barrera, el joven llega a un lugar de sosiego: «hace las paces consigo mismo» y la sensibilidad vuelve a brotar al entrar en una especie de primavera interior. La persona vuelve a estar viva para su mundo y el mundo. Y llora, llora como quizás nunca antes había llorado.

La persona vuelve a estar viva para su mundo y el mundo. Y llora, llora como quizás nunca antes había llorado.

Cuando llora un niño y es de lo más enternecedor, cuando llora una mujer, quizás por la cultura, es algo que se puede esperar, incluso lo esperas de un hombre que se expresa abiertamente sensible, pero cuando llora un hombre enérgico y autosuficiente, que hacía unos minutos te estaba perdonando la vida, puede resultar más impactante.

Y da igual sus convicciones políticas, sus creencias religiosas, su orientación sexual, sus experiencias pasadas… Da igual. Es una vivencia que está en otra dimensión de lo que es ser humano, y quien lo vivió lo sabe.

Nunca digas «esta persona es insensible» o «esta persona es ‘demasiado’ sensible». De forma habitual, las personas nacemos con la adecuada sensibilidad para ser felices y ayudar a que los demás también lo sean, y si eso no sucede, no hay que pensar «éste es así», habrá que pensar «cómo es que esta persona gestiona de este modo su sensibilidad».

Le ayudaremos a comprenderse a sí misma y a comprender a los demás. La persona aprenderá a leer y escribir con su sensibilidad, y será capaz de vivir su poema vital, su vida será lírica y épica, será belleza y aventura, será diálogo con el tú, será una historia maravillosa escrita con la sensibilidad en el libro de la existencia.

Irritarse mucho suele ser un claro síntoma de tener una sensibilidad analfabeta. La sensibilidad educada deja de ofenderse, es receptiva no resentida, y está abierta a todo pero no desperdigada. Aprende, es sencilla, humilde, se alegra, agradece, ama sin miedo, soporta con paciencia y esperanza y afronta con resiliencia y valentía. Se equivoca pero se ríe y borra. Se rompe y se arregla, se recompone, comparte y juega: disfruta y ayuda a disfrutar, a pesar de los pesares.

Siempre a tiempo para la educación sensible

La educación sensible ayuda a crecer a los niños sin esconder sus emociones, ni explotar descontroladamente, sino que aprenden a dejarlas pasar a través de su conciencia, sin herirse y sin herir. Aprendiendo, comprendiendo, colaboran, enseñando ya desde que somos pequeños que todos somos importantes, desde que somos y porque somos.

Ya mayores, podemos encontrar la educación sensible que no tuvimos de niño y es entonces cuando se abre una nueva dimensión apertural, un descubrimiento de posibilidades que habrá que aprender a gestionar su vanidad, sin falsos gnosticismos. Ni antes era inferior, ni ahora es superior.

Una educación que prescindiera de la sensibilidad, no es educación en absoluto. Desconectar de la sensibilidad no es una ganancia, habituarse a que el mundo se desangre no es una adaptación humana, acostumbrarse a lo insensible no es un progresar humano. La educación sensible salvará a las personas y las personas sensibles salvarán a la humanidad, pero poco a poco.

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