La paradoja de la amabilidad en la educación sensible

Una de las claves de la educación sensible es lograr que las personas sensibles no sean siempre amables, sino que sepan ser asertivas y justas, sin dañar y sin dañarse. Y es que existen niños que aprenden de pequeños que pase lo que pase, deben ser amables y todo lo malo, deberán tragarselo, por el bien de todos. Así viven miles de personas con muchísima riqueza interior, pero totalmente envenendada.

Muchas personas con alta empatía sienten que podrían hacer algo más por los demás; se les ocurren ideas y piensan que pueden algo, pero en realidad no pueden casi nada, y aunque pudieran, no están obligados a hacer todo lo que se les ocurre que pueden hacer… Pero si al menos no lo intentan, se sienten mal, egoístas, inhumanos, despreciables, culpables…

No es por tu culpa

Aunque la propia racionalidad te muestre que esto es evidente: «no es culpa tuya que el otro esté descontento». Si eres altamente empática, puedes sentir que está en tu mano hacer algo por lograr que esa persona pueda superar la situación y ayudarle a ser un poco más feliz. «Que no te costaría nada». Y eso que en principio sería una posibilidad remota, lo conviertes en una obligación.

Esa obligatoriedad es un pensamiento irracional; no todo lo que puedes hacer estás obligado a hacerlo, pero eso es lo que has aprendido en tu infancia. Quizás hubo dolor a tu alrededor y tú fuiste un consuelo para tu madre, o tal vez para otro pariente, un bálsamo, un alivio, y tal vez te sentistes bien e hiciste que ella se sintiera bien, pero tu eras el hijo, el hermano, el amigo… Tú no tenías obligación de asumir la responsabilidad de la felicidad de los otros.

Cómo son las personas que siempre son amables

Si es este tu caso, tenderás a pensar bien de los demás y tratarás de comprender hasta lo injustificable: «quizás lo hizo sin darse cuenta», «lo que habrá sufrido esa persona para llegar a hacer algo tan atroz»...

Por otro lado, siempre estás listo para echar una mano, deseas ayudar a los más vulnerables y eres voluntario para esas tareas que nadie quiere realizar. Eres sensible a los sentimientos de los demás. Eres una persona que no discute por sus intereses; lo aceptan todo, todo te parece bien, te conformas con todo, te gusta lo que te ponen y lo que se ha hecho, está bien hecho, con tal de no discutir, con tal de que todos a tu alrededor, estén felices y tranquilos.

Es paradójico. Siempre piensas «Está bien así», pensando en no contristar a los demás, pero en tu fondo piensas, «así no se puede seguir», porque ves un mundo de injusticia y mentira, empezando por ti.

Desde pequeño has aprendido una fórmula trampa: «si tú estás feliz, yo estoy feliz». Parece bonita, pero es tremendamente injusta, porque tu felicidad la haces depender de la felicidad de quienes quizás se estén aprovechando de ti… Detrás de este pensamiento irracional hay un niño que ha visto infelicidad a su alrededor. Tu sensibilidad te ha llevado a saber paliar ese dolor, has dado esperanza, sosiego, has reconfortado. Así a lo largo de tu vida, has ido consiguiendo pequeñas sanaciones de corazones rotos y eso te ha ayudado a sentirte bien. Sin pretenderlo, ahora cada vez que alguien se aproxima a ti con infelicidad, sientes como la obligación moral de paliar ese dolor, pero a la vez, has aprendido que duele mucho y además no siempre lo consigues.

Llegado un extremo, solo hay un modo de escapar, no dejar que nadie se aproxime… Tremendo, ¿verdad? Pero reconócelo, rodeado de esa capa de distanciamiento, te proteges del dolor de la culpa por el descontento de los demás. Te sientes decepcionante, te sientes un gran engaño, piensas que todos tus lograr no han sido mérito tuyo, que no te los mereces. Piensas que eres una falsificación de la bondad que querrías ser y que ya no te sale porque las has ahogado con tus miserias de autoestima. Pero aún así, lo intentas una y otra vez, mantienes las distancias pero tratar de ayudar a todos, con más miedo que vergüenza, tu sensibilidad descubre el dolor en las máscaras sonrientes que te presentan pero no es tu culpa.

Cuando la amabilidad es dañina

Ser amables para que los demás estén contentos puede ser un acto de violencia; violencia a sí mismo, que puede terminar en violencia hacia los demás.

Padre, madre, maestro que lees esto, no vuelvas a despreocuparte al pensar, «este niño es un cielo, nunca se queja, siempre obedece, todo le parece bien, hace siempre lo que le dicen…» Quizás, ni se os ocurra, qué más se le podría exigir para seguir creciendo… «¿objetivos para que siga creciendo? No sé, que siga así y que la adolescencia no le estropee jajajaja». He escuchado frases como estas a lo largo de mi vida en «tutorías de niños buenos«. Parecía que sobrara la tutoría porque el niño ya era bueno, cuando necesitaban con urgencia aprender a no ser tan buenos, a prender a sacar los dientes para defender su dignidad.

Si la bondad del niño te permite despreocuparte y preocuparte por otros con más problemas, pienso que es preocupante; estás pensando en lo que es bueno para tí, pero no en lo que es bueno para el niño. Ese niño, necesita aprender a defenderse, aunque eso moleste a los educadores, incluido, tú.

Pero me dirás: -Si se le ve tan bien, tan relajado y sonriente todo el tiempo. Quizás todo el tiempo que está en tu presencia ¿pero no te llama la atención el tiempo que pasa jugando solo? ¿horas y horas? ¿y sabes a qué juega? – A sus muñecos… A sus muñecos… Sus muñecos nunca han sido sus muñecos, no son más que la expresión sensible de su imaginación. Esos muñecos representan la gestión que trata de hacer de sus sentimientos interiorizados que no sabe como sacar sin dañar a nadie, sin que nadie se sienta infeliz por su comportamiento .

El niño lo internaliza todo, ese niño que eres tú, es como un camión de basura que asume contenedores de emociones negativas que recoge de todas las esquinas de su vida cotidiana pero el juego transforma esa energía y sigues creciendo entre juegos y realidades.

Con el paso del tiempo, esa necesidad de que los demás sean felices, se convierte en el motivo de tu vida. La gente te ve con tan buenas disposiciones que te piden de todo, y si algo nunca has sabido hacer, es decir que no.

Ya de adulto, sigues pasando diariamente con tu camión de basura llenándote de emociones negativas, pero ya no puedes jugar… Solo puede trabajar y trabajar, pero el trabajo no logra neutralizar toda la negatividad, lo que terminan produciéndote grietas emocionales en forma de depresión, ansiedad y adicción.

Intentas salir de esos agujeros pero cuanto más lo intentas, como tierra movediza, más te hundes, y solo la ayuda puede sacarte. Si la depresión, la ansiedad o la adicción no ha sido lo suficientemente intensa, no te hunde pero te enrabieta y lo pagas con la familia, los amigos, el trabajo. Necesitas un culpable, «no es justo». Pero pronto caes en la cuenta de que tu reacción tampoco ha sido justa con quienes más te quieren y pides perdón, recomienzas y aprendes una gran lesión. Has aprendido que «no es justo cargar con quienes te quieren» pero no has solucionado el «no es justo» de quienes se aprovechan de ti, y con este dentro, sigues adelante.

Entonces, vuelves a jugar, quieres jugar a salvar el mundo, que era lo que hacías con tus muñecos, pero ahora lo haces con la realidad. Historias fantásticas, creatividad sin límites, aventuras increíbles pero tú te las crees.

Pero la realidad te despierta una y otra vez. Pero sobre todo, un nuevo problema, ya no juegas solo sino que tus muñecos son reales y son ellos quienes te manejan a ti. De pronto, te ves hecho muñeco del interés de otros. Se acumula el resentimiento que también interiorizas, junto con las emociones negativas. Y te llenas de rabia porque no eras tan bueno, tu amabilidad no era tan desinteresada, buscabas que te apreciaran, y en cierto modo, que te correspondieran, aunque nunca digas cuáles son esas necesidades, querías que te las correspondieran. Eso te hace sentir falso, complicado, interesado, cutre. Sin embargo, yo diría más bien humano, sencillamente humano.

No paras de trabajar, tratas de llegar a todo y descubres tus límites: ya no es una depresión o una ansiedad, sino un agotamiento total: burn out. Y quizás aprendas a salir y volver a entrar de año en año como si de una experiencia periódica e inevitable se tratara. Pero la madurez te ha llevado a evitar ese colapso, descubres el mindfulness. Ya sabes cómo evitar el agotamiento o el hundimiento pero, no venido al mar para no hundirte, sino para navegar hacia tu tesoro y vuelves a las aventuras.

Renuncia a la amabilidad envenenada

Por si alguien lo pudiera dudar, desde la educación sensible se forma a personas amables, pero que saben no serlo, si la amabilidad es un comportamiento que produzca daño.

Hay diferencia entre ser amable por amor y ser amable por evitar que el otro se altere, pues eso me altera. La amabilidad por amor surge de la madurez, de saber cómo nos debemos tratar los adultos, así como nos gusta que nos traten a nosotros. La amabilidad por evitar la angustia surge de la irracionalidad aprendida, de la inmadurez de pensar que «debes» contentar a todos los que te rodean y si alguien sale disgustado contigo, deberás sentirte muy culpable, porque lo has hecho mal con esa persona y tendrás que arreglarlo. Es del todo un pensamiento injusto, inmaduro e irrealizable. Sin embargo, sorprendentemente está ahí en muchas personas altamente empáticas. Si es tu caso, la educación sensible puede ayudarte.

Debes aprender a ser amable con los demás como contigo mismo y esto significa que tendrás que aprender a decir que no, cuidarte a ti mismo y así estarás en condiciones de ser realmente amable con toda la humanidad. Se puede ser firme y honesto sin ser agresivo e hiriente. Convendrá ser lo más amable posible, pero eso siempre pasa por ser amable con uno mismo también.

Resulta paradójico, pero las personas que no se tratan con amabilidad a sí mismas, suelen terminar por mimarse a sí mismas. Miradas perdidas y maltratadas a la vez, por sí mismo. Las personas que se tratan con amabilidad se exigen, porque se valoran a sí mismas y a quien se valora se le exige que de lo mejor, porque eso espero de ti, tu excelencia y por eso no te mimo… Comprendo tus debilidades pero también valoro tus posibilidades y te exijo lo mejor que puedas dar. Tratarse con amabilidad es tratarse como un valor, que es don y tarea.

La amabilidad hacia los demás, impulsada por la inmadurez es una forma de manejar un bajo autoconcepto, una baja autoestima, un problema de identidad, de necesidad de ser valorado por los demás y una necesidad patógena de ser apreciado por todos, pues basta que alguien no te aprecie para ya sentirte despreciable. Está claro que ahí hay algo irracional, algo que no va.

Cae en la cuenta de cuándo aprendiste a envevenarte la amabilidad

Aprendiste a adoptar una postura agradable como una forma de evitar conflictos y confrontaciones que no podías soportar, tal vez un hermano abusón, una madre depresiva, un padre abusador, y su aparición fue la de un apaciguador. De pronto, si eras bueno todo entraba en paz y esperanza… En tus manos estaba el futuro de tu familia, pero la pega es que no eras ni el padre, ni la madre… Esto se llama paternificación, pero ya lo trataremos en otro artículo. De momento, basta con quedarse con que no aprendiste a crecer como niño y convendrá sanar a ese niño herido.

Es bueno que desees que el mundo sea feliz, pero no es racional que necesites que todo el mundo a tu alrededor esté feliz contigo para que tú te sientas feliz. Permítete el lujo de disgustar, permítete que haya quienes se enfaden contigo, y te resbale. Di «no», con respeto, honestidad y asertividad, y ya puestos, con toda la amabilidad que puedas, pero di «no» sin sentirte culpable. Puede ser aterrador, pero vale la pena y a demás, no es para tanto.

Deja de ser amable todo el tiempo

Si realmente quieres ser auténtico, deja de ser amable todo el tiempo, deja de absorber esas emociones negativas que no quieres que se desparramen a tu alrededor. Es hora de dar la oportunidad a los verdaderos responsables para que asuman sus negatividades, no te las tienes que tragar tú, si son de ellos. Diles lo que piensas, con respeto, incluso con aprecio y si se ofenden será su problema, pero en ningún caso tiene que ser el tuyo.

  • Cuando seas consciente de que no has sido amable, practica la humildad y deja que la gente piense o diga lo que quiera. Disciplina tu discurso interior. Piensa sobre lo que quieres y evita pensar sobre lo que no quieres.
  • Exige lo que te corresponde, aunque te resulte impertinente. Si fuera para otro lo pedirías, ¿no?
  • Aprende a decir NO. -A ver, di conmigo: «no». «… pero se van a disgustar, se van a quedar sin solución… Y te contesto, –¿Pero tú puedes, tú quiere? ¿No? ¡¡Pues, no¡¡. Si te resulta muy difícil. divide el desafío en microdesafíos. Empieza por no presentarte voluntario cuando piden a «alguien»; tu no te llamas Alguien. Marcate límites, pide a alguien que te los defienda o que antes de comprometerte a algo tengas que pedirle permiso: tu esposa, tu jefe… Incluso es razonable. Si con todo te resulta demasiado difícil decir no en persona, el wasap es fantástico, y además dejas de quedar bien.
  • Enfádate. Si no muestras tu enfado, ¿cómo quieres que los demás sepan que estás enfadado? También deberás aprender a regularlo, pues quizás solo te has enfadado en momentos de colapso y no me estoy refiriendo a ese tipo de enfados… Digamos que la idea es tener un «enfado informativo». Por ejemplo, si sueles hablar bien, una buena palabrota puede dar muchas luces al oyente y no tienes que hacer nada que pase a la historia.
  • Sé sencillo y sincero. Deja de decir o de mostrar lo que los otros quieres escuchar o ver, para sentirte bien, y diles lo que quieres decir o mostrar, y realmente te sentirás bien. Esto es una auténtica liberación, con la que descubrirás «lo poco que te conocían tus conocidos».
  • Haz tu lista de «necesidades sagradas». Si te saltas algunas de esas necesidades será una señal de alarma. También puede suceder que no sea tan necesario o tan sagrado: aprovecha y determina cuáles son tus necesidades sagradas. Reacciona y protégete, solo así podrás ser verdaderamente amable, y no una marioneta de amabilidad.
  • Vuelve una y otra vez a la humildad. Tu egocentrismo te criticará. Te sentirás culpable, te sentirás ansioso porque «el mundo te despreciará» y por que podrán «suceder cosas terribles». Eso es un pensamiento irracional, no te des tanta importancia. Respira hondo, dile a tu ego que se siente, y sigue avanzando.

Bueno, aquí tienes algunas ideas de cómo la educación sensible puede ayudarte a no tener que ser amable todo el rato, y de ese modo, vivir con una amabilidad sostenible.

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