Educar la ira y la frustración en los niños en tiempos de confinamiento

Está bien que tus hijos hagan los deberes mientras permanecen encerrados pero lo más importante es que se hagan personas.

No era necesario que tu hijo estuviera encerrado para que se irritara o se frustrara, pero el confinamiento puede ser una gran oportunidad para aprender a gestionar estas reacciones.

En estado de confinamiento las alternativas se limitan y los problemas derivados de la ira y la frustración se agravar, y la tentación de los padres, puede ser «dejarles en paz».

«Dejarles en paz», es dejar a los hijos a la deriva de su egocentrismo, de su capricho, de su tirano interior. «Dejarles en paz» es deseducarles, con el riesgo de que toda su vida permanezcan esclavos de su peor versión.

Qué significa ese «déjame en paz»

Bueno, he elegido «déjame en paz» como expresión universal pero puedes completar la expresión con la versión de tu hijo, que según sea su edad y contexto, puede ser una expresión más rica en matices.

Fundamentalmente, detrás de ese «déjame en paz», lo que hay es un «no quiero eso, quiero eso otro que no puedo tener». En definitiva, ira y frustración. Lo peor que podría hacer un padre o una madre, en particular en estas circunstancias, es sentirse culpables, por ese sentimiento inmaduro de su hijo.

Dejarle en paz no es la solución, la solución pasa por enseñar a vuestro hijo a afrontar sus estados de ira y frustración.

El confinamiento es una experiencia extraordinaria para aprender que en la vida. La libertad no consiste siempre en poder elegir lo que queramos, sino sobre todo, en aceptar lo inevitable con esperanza, alegría y apertura a los demás, procurando que todos estemos lo mejor posibles.

Nadie nos puede dejar en paz; la paz es algo que uno conquista cuando acepta por amor, el sufrimiento lleno de sentido.

Tu hijo, como todos ,experimenta deseos y necesidades en su cuerpo y en su mente, y requiere que se satisfagan sus necesidades básicas: comida, refugio, agua, sueño, actividad física, pero el organismo y la mente piden más de lo que realmente necesitamos, y nos empujan a disfrutar más de lo que nos gusta y a evitar las cosas que no nos gustan.

Pero en nuestro cerebro, humano, no tiene que mandar las tendencias del propio organismo, ni los instintos; es pertinente que mande la conciencia que también tiene deseo y necesidad de darse, de entregarse a lo valioso, a lo que colme su vida de sentido. Pero si le dejas en paz, ahora que es tu hijo menor de edad, posiblemente nunca llegue a estar en paz.

No se trata de fastidiar a tu hijo, sino de invitarle a la mejor versión de sí mismo

Si estás invitando a tu hijo a su mejor versión y es él quien se resiste, tú sí que debes quedarte en paz. No obstante, conviene que sigas insistiendo en la invitación mientras sea tu misión.

La pregunta podría ser: ¿y cómo le invito a su mejor versión si lo que ve mi hijo es que le invito a lo que no quiere? ¿No será contraproducente? ¿no será mejor dejarle y ya veremos más adelante? Puede ser, habrá que ver en cada caso, pero te digo con Machado: “Ayer es nunca jamás y hoy es siempre todavía”.

¿Por dónde empezar? Por la ira y la frustración

No solo tu hijo, sino todos, cuando no obtenemos lo que queremos, nos sentimos enfadados. Y si no es así, en tú caso o en el de tu hijo, eso requerirá otro artículo. Es importante enfadarse cuando no conseguimos lo que queremos. El tema es si lo que queremos, es lo que realmente queremos en conciencia, o es lo que quiere mi sistema límbico, mi apetencia irracional.

Por tanto, la idea no es deshacerse de la ira con mindfulness o similar, sino deshacerse de eso que nos pide el organismo como si fuera lo que queremos, pero que en realidad, no es lo que queremos. ¿Y cómo sé que algo es lo que quiero o no? Eso requiere otro artículo, pero fundamentalmente, haciendo lo que quiero me plenifico, y haciendo lo que falsamente quiero, siempre sigo queriendo algo nuevo, porque eso no terminaba de ser lo que quería….

Teniendo claro lo que quiero, la ira y la frustración son nuestras amigas; nos motivan a conseguir lo que queremos y deshacernos de lo que no queremos.

Ya, con la ira de tu hijo, de tu pareja, con la tuya…, puedes ver lo que quiere cada uno y lo que no. Te dice cuáles son vuestros valores y cuáles no. Nos dice lo que creemos que es bueno y lo que creemos que es inútil. Así, el primer aprendizaje es caer en la cuenta de nuestros auténticos valores.

La educación que quieres dar no debe combatir la ira o la frustración, sino los valores cutres que pueden mover a la ira o a la frustración por egoísmo, por vanidad, por capricho, por pereza.

Caer en la cuenta de la propia miseria que me mueve a la ira o la frustración, me moverá a otra reacción que ayudará a neutralizarlas: la vergüenza.

Seguir por la vergüenza buena y la rectificación

No se trata de sentir vergüenza por enfadarse o frustrarse, sino por enfadarse o frustrarse por «chorradas» egoístas, vanidosas, miserables… Y no por lo mal que estamos quedando, que también, sino por el daño que hacemos a las personas que queremos. Así la vergüenza, es muy sana, pero si la vergüenza es por egocentrismo, por sentimiento de ridiculo, es otra cosa y más que ayudar, empeorará las cosas.

La vergüenza mala es la que viene de la vanidad y el egocentrismo, la vergüenza buena es la que viene del amor y el deseo de no ofender a quienes queremos.

Sentir vergüenza mueve a rectificar, a pedir perdón y tratar de arreglar o sanar lo que se había roto o enfermado. Pero si la otra persona no deja de sentirse ofendida, la vergüenza no debe convertirse en sentimiento de culpabilidad. Sería un abuso por parte de la persona que fue dañada. No tiene derecho, por muy ofendida que se haya quedado, a someter a otra persona. Espero que se entienda bien esta idea. Lo que está claro es que tu hijo no tiene que aprender «culpabilidad», sino «culpa» y quedarse ahí; reconocer su culpa, aceptar las concepciones pero no aceptar los intentos de culpabilización…

Dialogar: si confinados no habláis, vete pidiendo hora en el gabinete para cuando se pueda salir

Tu eres el adulto, debes ser la persona que aguante las impertinencias, las humillaciones y con paciencia, lograr sentarte con tu hijo a hablar. Reseteando todo, sin facturas, sin trapos sucios, sin deseos de mostrarte vencedor, sino agradecido muy agradecido porque tu hijo acceda a hablar, y además, pidiéndole perdón por no haberlo hecho antes y dispuesto a no ser perdonado, incluso a ser herido, aprovechando la situación de vulnerabilidad a la que se has expuesto. Si te hieres será por tu egocentrismo, y no es malo que te lo hiera un poco, es algo que todo tenemos que ir sanando.

Llegado a un punto de encuentro, tu hijo es tu hijo, y te quiere, y desde que descubra que vas en serio, que le has perdonado de verdad, que le quieres incondicionalmente de verdad, entonces, las cosas cambiarán mucho y las conversaciones serán de lo más fluidas.

Esto puede durar semanas, meses y es posible que necesites ayuda para autoconocerte, descubriendo posibles malas disposiciones que tienes actualmente y que te dificultan hablar con tu hijo sin egocentrismo, sin miedos, sin necesidad de control, sin problemas de autoestima…

Pero pongámonos ya en esa situación en la que padre/madre e hijo/hija dialogan como tales, formando un nosotros auténtico, confiado, confiable, sencillo, humilde, auténticamente amoroso, sin posesiones, sin dependencias.

En ese momento, ayuda a tu hijo a reconocer el significado de su ira, de su frustración, que entienda sus anhelos de felicidad y cómo, los caprichos, los egoísmos, las vanidades, no serán el camino que se lo proporcionen. Sinceramente, no creo que consigas este paso, pues como dice un proverbio indio: «la linterna de la experiencia, solo alumbra a quien la lleva».

Pero sí, le enseñarás a detectar que su ira le proporciona información y él mismo, poco a poco irá descubriendo que muchas veces «sufre» por caprichos y necedades que puede dejar ir, y que tiene muchísimas razones para sentirse agradecido y contento con lo que ahora tiene.  En ese momento está aprendiendo a gestionar su ira y su frustración.

Vale, pero ahora, mientras cómo gestionar la ira durante el confinamiento

Pienso que no se puede cambiar de la noche a la mañana, pero todos somos conscientes de que no nos podemos estar enfadando por todo en todo momento. Si todos hacemos lo mismo, no se puede convivir, y aunque sea por un motivo de supervivencia, convendrá establecer unas normas para expresar la ira en estado de extrema dificultad.

En esas normas, cada familia tendrá que ver sus propias dinámicas intrafamiliares pero visualmente es como ponernos unos pañales mentales para no hacernoslos encima por toda la casa. Así solo habrá que cambiar pañales en lugar de estar limpiando toda la casa.

Algunas ideas para crear vuestras propias normas podrían ser las siguientes

  • Haz una lista de señales que todos deben comprometerse a no sobrepasar. «Ojo, te estás quitando los pañales mentales»: número de quejas por minuto, elevación del tono de voz (gritos, ya sería demasiado tarde), cierto gestos o chasquidos, posturas, modos de cerrar la puerta, tirar o golpear cosas (el agujero en la puerta es cada vez más común, las puertas ya no son como antes). También conviene tener presente el temperamento de cada uno para identificar las señales; no es lo mismo un gesto en uno que en otro… Para algunos, una señal puede ser el silencio, la indiferencia, el aislamiento, la pérdida de contacto visual…
  • Tener una persona de confianza con quien quitarse los pañales y sabiendo que de ahí no saldrá la caca y sin embargo, uno sale limpio, sin resentimientos, más comprensivo, más esperanzado, más reconciliado con el mundo y reconociendo que en realidad, era el propio egocentrismo y la propia vanidad lo que tanto nos ofendía. El problema es que tu hijo, y los amigos de tus hijos son como ventiladores ambulantes y digitales. Sus lenguas viperinas son muy dadas a buscar el daño. Parte de la educación es ayudar a tu hijo a caer en la cuenta de lo que es un desahogo en un contexto apropiado que no dañe a nadie y su contrario. Según vamos madurando, esa necesidad de desahogo podrá ser menor, porque nuestra propia mente va automatizando el autolavado, la comprensión y el amor.
  • Hazte un nudo en la lengua. No rajes delante de tus hijos, y en general, evita rajar. Detrás de las críticas a los demás, lo que suele haber es mucha soberbia, vanidad, envidia, prejuicios, mentiras, pereza, miedo, comodidad, frustración y rabia del egocentrismo, de la peor de tus versiones. Evita hablar mal de los demás, aunque sean famosos o políticos y digas que están para eso. No es solo el daño que les puedas hacer, sino el daño que se hace uno a sí mismo y su nosotros, su familia.
  • Las quejas por escrito. En lugar de que cada uno suelte lo primero que se le ocurra, pueden escribirte al correo o al wasap. Ya el hecho de escribir, les calmará un poco y podrán pensar mejor lo que quieren. Además, podrán hacer propuestas, alternativas y te dan la oportunidad real de afrontar el tema.
  • Establece un protocolo familiar de resolución de conflictos. Existen muchas ideas e Internet para afrontar los conflictos, elige una. Todas pasan por periodos de diálogo y finalmente una toma de decisiones que serán los padres quienes tienen que tener la última palabra, buscando el bien común.
  • Tener una reunión familiar diaria. Cada día tiene su afán, pero puede ser bueno que todos los días podáis hablar sobre los asuntos pendientes, hacer encargos y dar cuentas de lo hecho. Así, como si fuera un equipo de una empresa. Qué mejor equipo y que mejor empresa que tu familia. Si es mucho, al menos, una vez a la semana.
  • No acostarse nunca sin pedirnos perdón. Esto lo escuché a una persona sabia y ciertamente, me parece sabio. La ira y las frustración son emociones y por mucho que los pensamientos la quieran mantener, decaen por su propia forma de ser un sentimiento. Si estamos dispuestos a hacer algo por cambiar la situación y el sentimiento, lo podemos conseguir. Es algo que depende de todos, pero por ti, que no quede.
  • Prohibido sacar trapos sucios. Quien vuelve a sacar cosas del pasado, en realidad no ha perdonado. Como en un juicio, a la persona que trata de argumentar por esta línea se le corta y «que no conste en acta».

Lo importante no son las cosas que hagamos, sino que hagamos algo

No es difícil, se trata de hacer algo. Que no de igual un enfado y luego otro, y ya se pasará. No. Pasan cosas. No da igual enfadarnos o no, y si hay enfado hay consecuencias. Siempre para bien, siempre para mejorar el ambiente familiar, pero actuar como si no hubiera pasado nada es de lo peor que se puede hacer. Es dejar una herida abierta y se infectará.

Alguien se enfada, deja de hablar y de pronto, vuelve a hablar ¿y ya? No. Tendrá que afrontar su silencio y ver de qué modo no vuelve a ejercer ese tipo de violencia.

Los niños deben caer en la cuenta de que no podemos vivir como salvajes, imponiéndose la ley de la selva, y quien más se golpea el pecho con los puños, ese es el que manda en la manada. Incluso, hay niños que no saben que están enfadados o frustrados y tratan fatal a sus padres sin ser conscientes de su falta de respeto. Es importante que entiendan que son estados excepcionales y no se les puede dar carta de normalidad.

Su tu hijo es todavía pequeño y es impulsivo, es posible que se esté subiendo por las paredes. Al menos que sea consciente y que poco a poco se suba menos. Una técnica puede ser el bonoenfado. Le das cada semana una cartulina con 10 cuadros, como el carné de conducir por puntos y cada enfado, le marcas una casilla (mejor márcarselo cuando se le haya pasado el enfado, y casi mejor, enseñale la cartulina pero guárdala tú…).

De ordinario, que sea consciente de que cada vez se enfada menos, es suficiente para justificar el interés del recurso. El niño es el primero que desea autocontrolarse, pero si la situación de tu hijo es difícil, puedes incorporar algún complemento, por ejemplo, darle alguna recompensa con los enfados que no se hayan consumado. En fin, estas cosas pueden servir un par de semana, pero puede ser un modo de empezar con los más pequeños.

Lo importante es que caigan en la cuenta y reconozcan sus enfados y estados de frustración, aprendan a gestionarlos, a reconocerlos, a pedir perdón, a rectificar, a pedir ayuda…

Confinados los cuerpor pero no las mentes

Por el virus, nuestros cuerpos han sido confinados, pero por la ira o la frustración, podemos confinar también nuestras mentes. Levantamos muros psicológicos y eso lo hacemos también cuando no estamos confinados, pero ahora es un momento ideal para afrontarlo. Ayuda a tus hijos a descubrir esos muros, que aprendan a no levantarlos y a derribar los que ya hayan levantado; será un gran aprendizaje para toda la vida. Y si además les enseñas a edificar puentes, el aprendizaje será completo y el confinamiento será más abierto, infinitamente más abierto.

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