Educar con cicatrices

Quien vive se hiere, y cuanta más sensibilidad, más heridas. La educación sensible enseña a cicatrizar las heridas con belleza; uno aprende a aceptar las roturas que sufre para repararlas, haciéndose más bello y resistente.

Todas las personas somos heridas y en particular las altamente sensibles. La educación no sensible enseña a ocultar las heridas. Parece como si uno fuera mejor si se muestra como persona sin quiebra. Cuando a una persona se le ve una rotura se le etiqueta como débil, depresiva, inconsistente, inestable…

La educación convencional da importancia a no romperse o al menos, a no mostrar las roturas, ocultandolas con falsedades. Nadie quiere ser falso pero menos que se le considere débil. Esto lleva a que se eduque a personas falsas, porque la fragilidad es inevitable.

Y el caso es que en realidad, las roturas reparadas no son débiles, al contrario, se convierten en la parte más resistente, si se arregla bien, y se convierten en algo bonito, si se arreglan con cariño.

La educación convencional enseña que herirse es cosa de personas débiles. Y en caso de herirse, se enseña a ocultarlas en lugar de curarlas. Es entonces cuando efectivamente las heridas duelen sin remedio. La vida se convierte en búsqueda compulsiva de narcóticos y anestesias, que nunca son suficientes, porque las heridas, podridas, cada vez están más infectadas.

Las personas altamente sensibles son incapaces de ocultar sus heridas por mucho tiempo; el daño les resulta insoportable. Se podría decir que son auténticos, no por una gran virtud, sencillamente por que no soportan la falsedad. No es un mérito, es una ventaja pero que es vivida como desventaja en una sociedad de mentiras.

En la sociedad prosperan las mentiras porque cuando algo se rompe, se devalúa o se desecha. Uno aprende que lo que se rompe no sirve, por lo que uno tiene que aparentar que nunca se rompe, que nada lo rompe, que siempre está íntegro. Dentro de esta educación, las personas se avergüenzan de sus roturas. Uno siente que roto pasas a una categoría inferior: «dejas de jugar en la Champions y bajas a la Segunda División de los seres humanos». Por tanto, si quieres jugar en Primera, se falso.

Para una persona altamente sensible un mundo así es insoportable, y su vida se convierte en una llaga abierta que no se cierra. Por muy bien que haga las cosas, solo ve sus constantes roturas y se avergüenza, le baja la autoestima, le entra ansiedad, depresión, culpabilidad…

La educación sensible es la solución. Las heridas son naturales e inevitables, y pueden convertirse en los lugares donde somos más fuertes. Si el dolor es original y abierto, cicatriza la herida y mantiene unida a la persona. Así se acaba la búsqueda de curaciones artificiales y de ocultar las desfiguraciones del rostro. La educación sensible invita al reconocimiento permanente y hermoso, de que la herida está aquí para quedarse como una bella cicatriz que se hace parte de la marca personal de alguien que lucha, que crece, que madura.

La educación sensible enseña que la rotura es una parte importante de la historia personal y que la reparación puede llegar a ser preciosa, la cual, es también parte de esa historia.

Un educador sensible no se hace líder porque no se rompa, sino al contrario, es alguien destrozado que se ha dejado arreglar y ahora ayuda a otros a no tener miedo de romperse, sino a tener el amor de arreglarse y ayudar a que se arreglen otros. Otros, que solo pueden ser arreglados si quieren y se dejan ayudar.

De pronto, la educación sensible te hace descubrir que los lugares agrietados y reparados de tu vida, son más hermosos por haberse roto. La vivencia de la rotura fue horrible y las cicatrices fueron dolorosas, pero tras muchos años tratando de reparar los lugares rotos, uno termina por darse cuenta de que es exactamente a través de esos lugares desgarrados por donde entra la luz y la curación que embellece y fortalece a la unidad.

La educación sensible no te hace irrompible, sino que proporciona abundante alegría al repararte, porque el dolor deja de afectarte. No porque te haga insensible, sino porque el dolor se transforma en alegría. La rotura se convierte en valor añadido, por lo que siempre, la persona va acumulando más y más valor, se hace más y más bella. La educación no se plantea para ser competentes y tener éxito para ser felices, sino que la educación sensible aporta la competencia de ser felices aunque no se tenga «éxito».

Con la educación sensible uno aprende a entristecerse de las roturas, a enfadarse cuando nos tratan de romper o rompen a otros, pero también se aprende a alegrarse de los arreglos y a celebrarlos en un nosotros maduro, por lo que se puede decir que es una educación festiva. No un carnaval que disfraza los lugares heridos, sino un banquete donde somos los anfitriones, los invitados y el mismo banquete. Y las heridas curadas son nuestro traje de fiesta, que no lo ocultamos, sino que lo lucimos con esplendor y satisfacción.

A veces se ha dicho que el educador es como un alfarero que moldea una cerámica, pero en la educación sensible el alfarero es el educando que se hace así mismo desde su originalidad, y cuando se rompe, el educador sensible le ayuda a juntar las piezas rotas otorgándoles más sentido que antes. ¿Y cómo es posible que lo roto arreglado tenga más sentido que lo original sin romper? Porque lo original es el amor y el amor cuando se rompe y se arregla, se hace más amor.

Nuestras heridas son un dolor pero las cicatrices son las alegres medallas del amor, que debemos lucir con orgullo y humildad porque nos recuerdan lo frágiles que somos y las heridas que provocamos en otros, incluso sin querer.

Las personas sensibles bien educadas no se reconocen por una especie de halo que las cubre, sino por las cicatrices que las recubren y las disponen para seguir trabajando al servicio del amor.

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